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SUMA DE LETRAS

FENÓMENO PUNSET

FENÓMENO PUNSET

Primer fin de semana de la Feria del Libro. A juicio de la multitud que ha congregado nadie diría que hay una crisis, o que ésta afecta al mundo editorial. Aunque la Feria es más que un punto de encuentro con el libro, es casi ya una cita obligada de todos los años: fin de semana, buen tiempo, parque de El Retiro, se puede curiosear, ver algún rostro conocido y de cuando en cuando comprar.

 

Ayer sábado numerosos autores firmaron por la tarde. En poco más de doscientos metros coincidían Julia Navarro, Lorenzo Silva, Javier Reverte, Clara Sánchez, Ángeles Caso, María Dueñas, Javier Marías, Donna Leon y Eduardo Punset. Sobre todo Punset.

 

Entre las casetas era difícil caminar pero había un espacio colapsado donde la gente se agolpaba en tumulto, no se podía avanzar y todas las miradas se dirigían a un punto. Haciendo un esfuerzo se intuía una madeja de pelos canosos revueltos y una mano frenética que firmaba sin pausa. Era Punset, claro. Miré hacia atrás y me di cuenta de que una vallas separaban del resto a una fila interminable de lectores ansiosos porque le firmara sus libros.

 

Ningún otro autor concitó tanta atención ni requirió semejante paciencia. Punset era diligente y atento. Mima a su público. Pregunta el nombre, entabla una conversación breve, sus palabras son escuchadas como dogmas y nunca se le ve un gesto desairado o de hartazgo.

 

Punset es un fenómeno. Después de ayer no me cabe duda. Lo es por sí mismo, como personaje, y también como mito, como gurú, como un divulgador que ha traspasado la frontera de un mundo lejano y hostil para acercarlo al público y hacer de las grandes leyes naturales que nos rigen un ejercicio  ameno de comprensión y conocimiento.

 

Sólo Punset habría convertido en best seller un libro como “Viaje al poder de la mente”. Y al final, uno comprende aquella vieja lección de la teoría de la comunicación que estudiábamos en la Universidad: el medio es el mensaje.

 

No muy lejos de su stand otro rostro conocido rumiaba en silencio una decepción evidente. Xavier Sardá firmaba libros, pero nadie acudía a su encuentro. Una señora mayor se acercó. Me llamo Amparo. Sardá sonrió y firmó para volver a continuación a un mutismo incómodo. Media hora después Sardá se levantó: “Señores, tengo que irme”, y se fue dejando un stand repleto de libros y ausente de lectores.

 

El poder de la mente, diría Punset, es impredecible.

 

 Javier Juárez

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