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SUMA DE LETRAS

El TRIÁNGULO DE ANACLETO

El TRIÁNGULO DE ANACLETO

Dicen que de todos los oficios la prostitución y el espionaje se disputan la primera actividad conocida del hombre. Nuestro destino parece marcado por ese triángulo vertiginoso que discurre entre ambos bolsillos y el vértice inferior de la entrepierna. Sería triste pensar que, al fin y al cabo, la historia de la humanidad ha oscilado en un margen mucho más estrecho y simple que el que los manuales de estudio nos han mostrado.

El poder es una palanca poderosa que ha activado siempre los mecanismos más primitivos que anidan en nuestro instinto. Y en ese sentido no parece que la evolución haya conseguido modificar nuestro comportamiento. Hemos sofisticado los instrumentos del poder, los hemos diversificado, y adquirido la conciencia democrática de que la soberanía es compartida por todos y sólo delegada en unos pocos. Pero el poder sigue siendo poder, aunque el poderoso se someta.

 Hay alteraciones en la naturaleza de las personas que únicamente se justifican desde el poder, como si el estado natural del poderoso fuera levitar siempre varios metros por encima de los demás, como si abandonase el mundo común para introducirse en una burbuja viciada donde se saborea la gloria al tiempo que se pierde conciencia del terreno habitado bajo sus pies, apreciado en la distancia con el vértigo que provoca la altura.

No hace falta ascender demasiado para perder la perspectiva, y algunos no parecen descender nunca, aunque hayan tocado techo y su única deriva sea el descenso. El poder tiene esa virtud extraña de alterar y adocenar.

Dicen que el poder, sea el que sea, conlleva un componente erótico, una suerte de amuleto mágico asignado al cargo, que brilla con una luz propia capaz de cegar a unos o nublar a otros. En esa tierra de penumbras actúa con impunidad el subalterno gris que tantos poderosos aprecian y desean, aunque su presencia resulte incómoda y nunca se reconozca su labor. Sólo los más hábiles merecen la condición de espías, un reconocimiento que implica inteligencia, discreción y una disposición camaleónica para la simulación. Dicen por eso que los británicos han concedido al mundo tanto grandes espías como grandes actores.

Pero la mayoría fracasa en el intento y demuestra una condición más mundana, más propia de Anacleto que de fiel general en la sombra. Se les relega tras el fracaso a la condición de correveidile, de adulador, de impostor o traidor. Cuando el falso agente es descubierto el poder es inmisericorde con él, porque evidencia sus propias miserias. A la postre, cada poderoso tiene el Anacleto que se merece.

Hay triángulos que no cambian nunca, y algunos siempre permanecen muchos centímetros por debajo del cerebro, muchos metros por encima de nosotros.

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