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SUMA DE LETRAS

UN CELTA Y SUS SUEÑOS

 Recuerdo una ventana amplia y luminosa. Tras ella se recortaba la frondosidad de las copas de los árboles. Era necesario asomarse bastante para apreciar, tras el verde que cubría el horizonte más inmediato, el añil limpio del cielo y el azul denso, a veces turbio, del agua rugiendo y fluyendo. Recuerdo ese contraste de colores y como me distraía una y otra vez de mi mesa de estudio. Trabajaba al lado de la ventana siempre abierta. A través de ella respiraba una brisa fresca y húmeda que templaba el calor ambiente y te envolvía de impresiones.

En otro lugar, esas sensaciones parecerían lejanas, pero allí te asaltaban a cada instante. Bastaba con levantarse, andar unos pasos y asomarse de nuevo a aquel umbral que delimitaba el silencio de mi espacio con la explosión de vida que poblaba el exterior. Aquellos árboles eran la avanzadilla de la selva que nos rodeaba; aquel río era el Itaya, un afluente poderoso del Amazonas; y esa ciudad se llama Iquitos.

La biblioteca en la que trabajaba no era espectacular ni especialmente hermosa. Tampoco la solemnidad o el silencio que la ocupaban parecían distintos a los de cualquier otra. La sala de lectura era sobria pero agradable, decorada con maderas y motivos selváticos. Sin embargo, pocos lugares atesoran el encanto y el privilegio de almacenar la historia cuando la historia sigue estando al otro lado de la ventana.

La Biblioteca Amazónica de Iquitos es una pequeña joya anclada en el tiempo. Construida sobre un antiguo edificio noble a orillas del río Itaya, hoy pasa por ser la mejor biblioteca del mundo especializada en la Amazonía. Se trata de un proyecto privado nutrido con aportaciones voluntarias y muchas veces particulares. Cualquier pequeño libro, cualquier foto anónima que de testimonio de otro tiempo, cualquier dato interesante para reconstruir el pasado de esa tierra, es bienvenido. De todo ello se ocupa un religioso español, un veterano de la defensa de los derechos indígenas llamado Joaquín García, responsable también del Centro de Estudios de la Amazonía Peruana (CEAP), el más activo centro académico para documentar el ayer y el hoy de la inmensa extensión selvática del Perú.

Fue allí donde oí por primera vez el nombre de Roger Casement, y también donde escuché con insistencia las referencias a un río y a un territorio fronterizo entre Perú y Colombia llamados El Putumayo. En la historia universal de la infamia este lugar tiene reservado un espacio propio: los crímenes del Putumayo. Allí se explotó, esclavizó y masacró a miles de indígenas para encadenarlos de por vida a la extracción del caucho. El responsable de aquel horror, el magnate Julio César Arana, vivía cómodamente entre Lima y Londres rindiendo rentabilidades a medida que el precio del caucho ascendía en los mercados. Roger Casement, como antes hizo en el Congo Belga, denunció públicamente las atrocidades cometidas en nombre de la civilización y logró el efecto de destruir a Arana como empresario aunque no como político.

No muy lejos de la Biblioteca Amazónica se encuentra la mansión desde la que Arana edificó su imperio, una calle lleva su nombre y sólo recientemente el apellido Arana se ha asociado institucionalmente al trágico episodio que protagonizó. Ninguna calle de Iquitos recuerda a Casement y muy pocos saben en la ciudad quien fue. El Gobierno británico, responsable de su fusilamiento por traición durante la Primera Guerra Mundial, también ha contribuido a silenciar su figura. Ahora Vargas Llosa novela magistralmente su vida en “El sueño del celta”.

Mientras comienzo a leerla recuerdo aquella ventana desde la que era posible asomarse a un mundo prodigioso y rendirse a su grandeza. Al hacerlo pienso en la extraña condición humana que anida en seres capaces de convertir tales paraísos en un infierno. Y pienso en Conrad, amigo de Casement, cuando describió la maldad que habita “El corazón de las tinieblas”. Quizá esa biblioteca modesta pero digna pueda ser lo más opuesto a la realidad oscura que Casement presenció un siglo antes. Tal vez podría encarnar el sueño del celta.

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