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SUMA DE LETRAS

TRAGEDIA EN SAN JUAN

 

Los análisis de ADN realizados a los fallecidos en el accidente de tren de Castelldefels han confirmado la identidad de las víctimas. El listado es conmovedor de por sí. No imagino una muerte más horrenda que la de ser arrollado por un tren. Los restos quedaron tan irreconocibles y fragmentados que sólo la identificación genética ha permitido saber el número exacto de muertos y los nombres de los mismos.

 A la desgracia de sufrir una muerte tan despiadada, imagino la consternación de sus familias al no poder tener un cadáver íntegro, un rostro que reconocer, un cuerpo que llorar; tan solo restos mutilados y jirones de carne arrebatados a la vía, convertida en una guillotina fría e implacable. 

Dicen que fue una imprudencia. Y seguramente es cierto. Pero hay otro dato que se destaca menos. Al menos nueve de las víctimas, a falta de la identificación total de las víctimas, eran inmigrantes sudamericanos, en su mayoría de Ecuador. 

La muerte les esperaba muy lejos de su país, a miles de kilómetros de su tierra de origen, donde seguramente no existen vías letales ni trenes de alta velocidad que difuminan el tiempo y arrasan vidas con tal rapidez y precisión que la víctima ni siquiera es consciente de que va a serlo. Apenas unas fracciones de segundo separan la vida del instante fatal que convierte la felicidad en tragedia.

 Iban a la fiesta de San Juan, a purificar sus desdichas en la hoguera, a la orilla del mar, a hacer propia una festividad pagana tan ajena a sus costumbres, a celebrar quizá sin saberlo el solsticio de verano, a buscar un tiempo de alegría entre los elementos: el agua, el viento, la tierra y el fuego. 

Alguien deberá decir en sus aldeas de Ecuador que murieron sin cumplir el rito, a miles de kilómetros, sorprendidos por un tren traidor, sí, víctimas de una imprudencia en la noche más corta del año, la más breve, sin duda, de sus vidas. En la noche de San Juan. 

Y alguien llorará restos de un cuerpo que un día decidió emprender el gran viaje sin saber de alta velocidad, ni poder ubicar Castelldefels en un mapa imaginario, seguramente con una noción muy vaga del futuro y del país dónde iba, sin intuir ni sospechar que nunca volvería. Alguien encenderá hogueras tristes y enterrará restos que no pudieron cumplir sus sueños. Feliz viaje de dónde quiera que vengan, a dónde quiera que vayan.  

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