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SUMA DE LETRAS

FRAGMENTOS DE UNA RUBIA

FRAGMENTOS DE UNA RUBIA

Era suficiente una mirada para captar la atención sobre ella. Poseía un magnetismo que en la pantalla traspasaba años y modas. Imagino que en el trato personal debía dejar la huella imborrable de una presencia poderosa, del mito descendido a la condición de humana, de la leyenda encarnada en ser inolvidable. Y ella, que ha sido muchas cosas, que se la ha definido de muchas otras, sobre la que se ha dicho todo, que no era perfecta ni lo pretendía, se ha convertido sobre todas sus demás virtudes en eso, precisamente eso: inolvidable.

Se alzó sobre el pedestal de un cuerpo prodigioso para imponer su rostro dulce e inocente, ondear su melena teñida, sus destellos platinos tan pálidos como su piel. Poseía el don de incitar sin apenas mostrar, como si en cada mirada descargase una dosis de sensualidad involuntaria, ajena a su natural condición de mujer frágil y vulnerable. Quizás en esa mezcla extraña de erotismo e inocencia residía, más que en sus curvas, el secreto de su éxito.

Decían que no era buena actriz, que se limitaba a hacer de sí misma, que el papel de rubia tonta se ajustaba a su perfil como un guante y que resultaba insoportable en los rodajes, no tanto por su carácter sino por sus hábitos erráticos.

Siempre he estado seguro de que no era así. He querido creer que ella sólo hacía de sí misma en la soledad de un hotel, sin estar a la vista de nadie. Norma Jean siempre interpretaba un papel ante los demás, delante y detrás de las cámaras, y quizás esa imagen evanescente que fluía desde sus piernas y ascendía vibrante por sus caderas hasta anclarse en sus ojos, se adaptó tanto a ella, y ella a su imagen, que acabaron por confundirse.

También nos confundimos los demás. La rubia tonta de cuerpo espectacular era más que una cáscara memorable. Ocultaba un interior sensible y torturado, una personalidad insegura, realmente frágil, un ser culto con inquietudes artísticas, un espíritu libre que no encajaba en el talle ceñido y el pecho puntiagudo que desfilaba por la pantalla.

Posiblemente fue Billy Wilder quien mejor comprendió a la persona y ello le permitió sacar el mejor rendimiento del personaje. Obró con paciencia, disculpó sus retrasos, sus pérdidas de memoria o la caótica vida nocturna y amorosa de una mujer que sólo buscaba compensar así su soledad. Y en ningún otra película la vimos tan radiante como en “Con faldas y a lo loco”, tan plena de ella que si hubiera sido muda igualmente habría monopolizado la atención. Rivalizó en esplendor con un título menor pero para mi gusto delicioso: “La tentación vive arriba”. Y arriba, en el lugar de los mitos que nunca te olvidan porque nunca les olvidas a ellos, siguió habitando muchos años más, incluso después de su suicidio a los 36 años.

Más de 40 años después de su muerte la cáscara prodigiosa se desnuda ahora definitivamente para mostrar un interior crudo y triste. Norma escribía desde adolescente, desde que quedó huérfana de padre y su madre apenas se ocupó de ella presa de la demencia. Aprendió a convivir en soledad y a comprender a su pesar que el físico le permitía abrir más puertas que sus poemas. Pero nunca renunció a escribir. Lo hacía en las pausas de los rodajes, en la intimidad de los moteles, en las raras épocas de estabilidad que conoció en su vida, y en todo momento afloraba la misma persona condenada ser infeliz. Ella lo escribió en una de sus frases más lúcidas: “sé que nunca seré feliz pero puedo ser muy alegre”. Y nos volvió a engañar.

“Fragmentos”, una selección de textos manuscritos inéditos de Marilyn Monroe se publica la próxima semana en Seix Barral.

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