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SUMA DE LETRAS

POBRES DE PEDIR

De entre el esperpento patrio sobresale por méritos la última cita sublime de la insigne liberal: “soy pobre de pedir”. Iguala en soberbia a aquella otra en la que declaraba compungida no llegar a fin de mes porque los elevados techos de su casa sólo eran comparables a la factura de la calefacción.  

 

En dura competencia con ambas cumbres del pensamiento político, Camps se declaraba ufano Camps “sin miedo”. Imagino a sus huestes eufóricas ante tan sobrado ejercicio de humor, valentía y arrojo.

 

Yo confieso que he de afilar mi sentido del humor para captar ironía donde sólo aprecio cinismo y frivolidad. Cabe una disculpa en mi caso, porque también reconozco que no hablo la jerga política, no entiendo sus requiebros toreros y mantengo cierta capacidad de asombro, siempre inferior a la ingente habilidad de los políticos para sorprendernos. Pero así funciona el espectáculo.

 

Y el espectáculo no admite descanso, aunque solo unos días antes el truco de prestidigitación dejara la platea tiritando: el paladín de los derechos sociales se autoinmoló en público cercenando algunas de las conquistas logradas en décadas.

 

Los más comedidos recurrieron al humor para compensar tanta agitación. Aún resonaban las voces cómicas de los amigos del alma, una nueva especie a la que sólo los políticos tienen acceso en su universo privado. Para ser amigo del alma es necesario repartir prebendas millonarias, regalar vehículos de lujo, donar caballos de carreras o, en un ámbito más modesto pero igualmente sincero, ofrecer bolsos de 800 euros o trajes sin miedo.

 

Tan propio es el lenguaje político que la tendencia obligada es la de hacer declaraciones sin preguntas. Sólo algunos periodistas avezados comprenden el sutil mensaje que traslucen sus silencios.

 

Entre tanto, el auditorio se vacía y se aleja. La gente se cansa de pobres que no llegan a fin de mes, de amigos que se entregan y no se les recompensa, de sastrecillos valientes que son víctimas de pérfidos jueces o de sufridos gobernantes que se sacrifican sin piedad. La gente se hastía de ver tanta desgracia ajena, es natural que les den la espalda, prefieren refugiarse en su bienestar diario. Somos así de egoístas.

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