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SUMA DE LETRAS

LA LEYENDA DE LOS LIBROS

LA LEYENDA DE LOS LIBROS

El acierto de los libros depende de razones intangibles, ajenas en muchos casos al márketing editorial  y al deseo de las firmas de apostar por tal o cuál autor. Ni siquiera existe un criterio establecido sobre qué es el éxito editorial. Para éstas, el éxito es contable porque depende de sus ventas: el libro exitoso es el más vendido. Pero existe otro valor menos cuantificable y más subjetivo, el de la calidad.

Supone una obviedad afirmar que no siempre los libros más vendidos son los mejores y viceversa. Pero a diferencia de las cifras, que son exactas e incuestionables, la calidad sitúa al libro ante un examen individual en el que cada lector se transforma en crítico. Tampoco la calidad admite un único diagnóstico, ya que un libro puede tener calidad literaria, calidad como ensayo histórico aunque su redacción no sea la mejor, o calidad científica.

Así pues, resulta infinitamente más complejo establecer el valor subjetivo de la calidad de un libro que el de establecer su éxito editorial. Como en cualquier expresión creativa, un mismo estímulo puede provocar reacciones dispares en todos y cada uno de sus lectores. El mismo texto que a unos conmueve o entretiene o gratifica a otros deja indiferente, aburre o mortifica.

De ahí la diferencia, en ocasiones insalvable, que separa el criterio de los críticos profesionales de el del público. Los primeros han afinado su olfato lector al extremo de hacerlo sólo sensible a aromas originales, pulcros y diferentes al gusto dominante, mientras que el lector medio se deja seducir por versiones distintas de un mismo género, a veces de un mismo tema, porque busca sobre todo un mundo genuino pero virtual, una vía de escape que trascienda de su realidad cotidiana y le permita vivir, sentir y sufrir o gozar con sensaciones que no son suyas pero que toma prestadas y asume temporalmente.

El lector al uso no hace un análisis crítico, no es su objetivo, pero dictamina con severidad. Si le gusta lee hasta el final, si no aparca el libro en la última página donde su paciencia le ha situado, y así su veredicto se convierte en inapelable cuando es negativo o generoso si la obra le ha cuativado. El lector se puede convertir entonces en un  admirador entregado, en un devorador de personalidades que viajan en blanco y negro a través del papel y compenetrarse, conocer o identificarse con el autor de un modo más directo y sincero al que nunca logrará un crítico.

Basta esa sensación para que la lectura justifique un descarte continuo de títulos hasta dar con aquél que logra agitarnos, que consigue motivarnos una sonrisa o una lágrima, que confiere al texto la prodigiosa virtud del placer de leerlo o que nos hace poseedores de una porción del tiempo y el espacio ajenos, la que nos permite vivir otras vidas y otras épocas. Y es entonces cuando la mágia de la literatura logra el efecto de convertirnos en adictos a sus efectos, y ya resulta imposible renunciar a soñar.

 

 

 

 

 

 

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