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SUMA DE LETRAS

EL ESCRITOR

EL ESCRITOR

A veces la diferencia entre lo bueno y lo mediocre es sutil, otras abarca un mundo de impresiones. Descubrimos entonces que estamos ante algo extraordinariamente brillante. Y eso me ha ocurrido al ver “El escritor” de Roman Polanski, una película brillante, intensa y emocionante.

Si la contemplas como una cinta de suspense, te engancha y te arrastra consigo a lo largo de una historia que va de menos a más, en la que entras lentamente, consciente de que otra sorpresa te aguarda en la siguiente escena, deseando que el desenlace tarde, que no sea evidente, que la resabia faceta de listillo claudique ante un final nada previsible. Frente a la soledad de la pantalla rara vez se obra el milagro, pero cuando ocurre uno desea que la historia tenga un principio pero no un final,  o que ésta se alargue en el tiempo deparándote el disfrute lejano y dulce del cine. Sólo eso: el placer de sentarte y ver.

Si la contemplas como una denuncia política, una metáfora en clave de política-ficción, “El escritor” es valiente, y, me temo, es realista. Todo es ficción, pero de tal paralelismo a ras de suelo con este tiempo que cualquier parecido con la realidad es pura intención. Y surge, no el panfleto ni la denuncia simple, sino el lado oscuro del más oscuro lado de la política.

Si ves la película con esa lectura doble que no diferencia el buen cine de las buenas intenciones descubres un guión perfecto, una dirección experta, unas interpretaciones creíbles y un resultado final que te deja el sabor agridulce de haber asistido a dos horas de auténtico cine servido en  bandeja de plata por un Polanski en plena forma, al tiempo que te inocula el virus de la incredulidad cuando airea trapos sucios que nunca se terminaron de lavar.

Como el mejor Costa Gavras en su denuncia, al igual que el maestro Billy Wilder te hacía sonreír antes de digerir una pedrada en el estómago, Polanski utiliza el suspense para no dejarte pestañear y mostrarte entonces la sordidez del mundo que creemos, en su altura, intocable, quizás intachable.

Y por cierto, no ganan los buenos, como en la realidad.

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