Blogia
SUMA DE LETRAS

UN PAÍS EN TU MOCHILA

UN PAÍS EN TU MOCHILA

No voy a decir nada sobre José Antonio Labordeta que otros con más criterio y más conocimiento de él no hayan dicho ya. Nunca le conocí personalmente pero, como muchos, seguí sus andaduras con mochila y presencié sus andanzas políticas quizás desde la lejanía, pero siempre con interés y simpatía.

Creo que lo mejor que se puede decir de un político es lo que puede decirse de Labordeta: no era un político. O al menos no aspiraba a ser un profesional de la política. Accedió a ella desde la militancia antifranquista pero siempre navegó en sus aguas con la vela desplegada, a la vista de todos, con el viento a favor o en contra, pero con un rumbo firme que no se plegaba a los cambios de corrientes. Labordeta siempre era reconocible al timón de un bote sencillo, frágil, siempre en riesgo de zozobrar entre las embestidas de otros grandes buques, pero supo, orgulloso y terco,  como buen aragonés, mantenerse a flote sin dejar de mirar de frente a quienes le esperaban en la orilla.

Creo que lo mejor que puede decirse de alguien es que era un tipo digno y honesto. Y quiero pensar y quiero creer que el reflejo de ambas virtudes que Labordeta proyectaba se ajustaba a su perfil real. Con mochila o sin ella sobre la espalda de Labordeta recaía el peso de una vida azarosa, comprometida y leal. Y no por ello renunció a llamar a las cosas por su nombre, a mantener una sana distancia del oponente sin por ello desacreditarle, a compartir en público su ira y su bondad, que ambas pueden ser compatibles porque ambas son humanas. Esa misma ausencia de corrección política, su huída de la exquisita altura a la que parecen elevarse algunos personajes públicos, le hizo parecer ante el pueblo como uno más, un hombre sencillo, honesto y coherente.

Dicen que se ha ido la voz del pueblo, y es posible; una pérdida doblemente sentida en un momento en que el pueblo parece más mudo y huérfano que nunca. Yo prefiero creer que se ha callado una voz sensata y noble que hablaba con el corazón. Se ha callado pero queda su eco, quién sabe si ya permanentemente conservado en una mochila pequeña pero honda donde me gustaba pensar que cabía un país y una forma de ser.

Quizás aprendan de él los asesores de imagen que se devanan a la búsqueda de un perfil agraciado para un político que no lo es. Y dan ganas de decir que no pierdan el tiempo. Que eso se nota, que no se aprende ni se vende, que se puede fabricar un candidato pero no una gran persona. Y la diferencia es clara. Basta comprobar cómo han recibido en la orilla a la nave endeble y terca que nunca cambió de rumbo. Ellos sabían en qué punto esperarle, y él no les decepcionó. Feliz viaje Labordeta.

 

0 comentarios