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SUMA DE LETRAS

EL DISCURSO DEL NOBEL

No soy imparcial. Me resulta imposible contemplar con una distante objetividad el discurso de Vargas Llosa al recoger el premio Nobel. De los discursos procuro huir siempre que puedo, pero éste es el primero al que hubiese deseado ardientemente asistir e incluso insistir en su conveniencia.

 Es verdad que sólo he captado fragmentos aislados, que estos debían ser los más emotivos y que es posible que el conjunto de la intervención no mantuviese un nivel tan conmovedor. Aún así dos elementos sobrevuelan la intervención de Vargas Llosa y la hacen distinta de un discurso ordinario; lo convierten, de hecho, en un modelo donde brilla el entusiasmo y el compromiso personal.

Vargas llosa habló y lloró, y ninguno de los dos hechos puede considerarse habitual en esta entrega de premios. Al decir hablar, expreso una percepción. Sí, habló. No leyó rutinariamente, no hizo elogio de la pedantería, no utilizó el atril para elevar su magisterio varios metros por encima de la comprensión común. Por el contrario, se mostró humanamente frágil y terrenal, entregado a una pasión llamada literatura que no sólo ha sido una forma de vida, sino la única que él cree posible. No se reconocería en otro pasado.

Si la literatura ha sido su debilidad su mujer ha sido su fortaleza. De ambas dependencias nutre su creatividad y la eterna sensación de ser un hombre febrilmente activo: en la literatura, en la docencia, en la política.

Llosa lloró. Y hacerlo en la tribuna del premio más reconocido del mundo aún no sé si es un ejercicio de valentía o de desnuda sinceridad. Pasará al anecdotario del galardón sueco como el primer premiado que no pudo evitar las lágrimas que otros debieron sentir y contener. No es que llorar le reste o le añada mérito, pero es la constatación emotiva de que hay vida tras el Nobel, qué ser humano, frágil y natural puede convivir con el prestigio literario o que una pasión puede encender una vida, alimentarla y consumirla con idéntico ardor de principio a fin.

De sus palabras, reitero, me quedo con esto último. Por admiración y también por envidia.

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